DESTINO: VAGABUNDA de Carmen Ollé. Texto de Giovanna Pollarolo

DESTINO: VAGABUNDA de Carmen Ollé. Texto de Giovanna Pollarolo

Semanas antes de que llegara a mis manos Destino: vagabunda, por esos extraños azares en los que un libro nos conduce a otro y este a uno siguiente y a otro hasta que de pronto todos, tan azarosamente así encontrados, terminan dialogando entre ellos, encontré en una librería de Sevilla un libro de David Foster Wallace a quien, confieso, no había leído pero de quien tenía noticias: “el novelista más importante de su generación, heredero de Thomas Pynchon o de Don de Lillo, nacido en 1962, murió en el 2008, se ahorcó en su casa. Tenía 46 años”. La broma infinita, su segunda novela, publicada en 1996, fue considerada por la revista Time “una de las cien mejores novelas escritas en lengua inglesa”.

Pero no es esa la novela que encontré en la pequeña librería de barrio en Sevilla, sino una crónica de viaje que escribió en 1997 por encargo, y por supuesto muy bien remunerada, de la revista Harper ‘s: escribe una especie de gigantesca postal basada en la experiencia de pasar una semana en un crucero de lujo por el Caribe, le dijeron. La tituló “Algo supuestamente divertido que nunca volveré a hacer”. En una parte de su relato, Foster Wallace, menciona Stop-Time. A Memoir como “probablemente las mejores memorias literarias del siglo XX y uno de los libros que hicieron que este humilde servidor inyentase ser escritor”; y tras este elogio lo critica por haber desperdiciado su talento “escribiendo hipócritas artículos promocionales para una línea de cruceros”. Como anécdota, Foster Wallace llamó a Frank Conroy para cuestionarlo por haber escrito esos artículos y según narra, el escritor respondió que tenía razón: que no había hecho bien al escribir esa pieza de publicidad.

¿Quién era Frank Conroy? De él, sinceramente, nunca había escuchado hablar. Y me puse a buscar Stop-Time. Lo encontré. Y el prólogo, escrito por Rodrigo Fresán, lo presentaba como el gran escritor. Stop-Time fue publicado en 1967, primer libro de este escritor nacido en 1936 en Nueva York. Un primer libro es un libro de memorias, un libro autobiográfico excepcional porque quien lo escribe era un absoluto desconocido, en su recuento no aparecían celebridades ni había participado en fechas históricas. Y escribe sobre su pasado reciente, su infancia y adolescencia. Años después, Conroy se dedicó a la docencia, fue director del célebre Taller de escritura de la universidad de Iowa.

Y entonces empiezo a leer las memorias de Carmen y encuentro una gran afinidad con Conroy. Es verdad que las de Carmen abarcan una vida más larga, pero más allá de esa diferencia creo que comparten lo que Mary Karr (y la cita es de Fresán) señala: “En Stop-Time Conroy no intenta inflar una experiencia mediocre hasta convertirla en episodio dramático, sino que, por el contrario, escoge un pequeño momento y lo presenta de un modo tan poético que lo vuelve inovidable. Hay que leer el libro para intentar comprender cómo Conroy consigue que incluso el más cotidiano de los hechos se perciba como algo significativo.

Y esto es justamente lo que hace Carmen como la brillante memorialista que ha demostrado ser: comienza con los hechos y mágicamente estos van adquiriendo una significación ´que los trasciende. Y sin dudar, parafraseo a Mary Karr: “En Destino: vagabunda, Carmen Ollé no intenta inflar una experiencia mediocre hasta convertirla en episodio dramático, sino que, por el contrario, escoge un pequeño momento y lo presenta de un modo tan poético que lo vuelve inovidable. Hay que leer el libro para intentar comprender cómo Ollé consigue que incluso el más cotidiano de los hechos se perciba como algo significativo”.

En Conroy también se destaca su capacidad para seleccionar lo que narra, para ordenar los recuerdos. Saber discernir, dice Fresán, qué recoger y qué descartar entre lo mucho que llega a la orilla, entre todo lo que flota o se ahoga en el oceano de la memoria luego de mareas de rutina o tempestades irrepetibles.

De allí sigue otro gran valor que destaco: la claridad, la sencillez y como resultado, la complicidad que establece con el lector . Carmen va hilvanando recuerdos a partir de “grandes” temas pero los trata como si fueran pequeños: familia, trabajo, maternidad, escritura. Y transita por ellos para comunicárnoslo a nosotros, sus lectores. Casi parece que escuchamos su voz, tan cerca está su escritura de sí misma que comparte su intimidad. Una intimidad fundada en la discreción y el respeto por quienes son nombrados, por quienes forman parte de su mundo.

Carmen, además de la gran poeta y narradora que es, se ha revelado como una gran memorialista.

Giovanna Pollarolo

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